Editorial: | |
Año de edición: | 2026 |
Páginas: | 544 |
P.V.P. | 21,90 euros |
Sinopsis:
Dos hermanas. Un país dividido. Un amor imposible.
Estefanía y Selina, hijas de una familia acomodada de Oviedo, viven sus días entre las imágenes religiosas del taller familiar y los sueños de un matrimonio ideal. Pero en la Asturias de los años treinta, el amor nunca es solo amor: es clase, es política, es destino.
Fani se enamora de un guardia civil. Lina, de un joven minero
comprometido con la lucha obrera. Entre el incienso y la dinamita, sus
elecciones marcarán el rumbo de sus vidas y el de toda una familia. La
revolución estalla, la tragedia golpea y el rencor levanta muros incluso entre
hermanas.
Fuente: web de la editorial
Opinión personal:
El maestro de azúcar me dejó tan buen sabor de boca que ni me lo pensé cuando
supe que Mayte Uceda volvía a las librerías con un nuevo libro. Aquella novela
ya me conquistó por su sensibilidad y los personajes tan llenos de matices. A
mi parecer, con Los amores paralelos se ha superado y me fideliza definitivamente
como lectora.
Todo arranca con un gesto de rebeldía. Una tarde de abril de
1931, decenas de mineros, con la ropa de faena cubierta de polvo de carbón,
toman las calles de Oviedo camino de un mitin. Entre ellos está Antón Leiva,
sin imaginar que ese momento marcaría un antes y un después en su vida. A partir
de ahí la novela se despliega en dos hilos narrativos, el de Antón y el de Lina,
que avanzan en paralelo hasta encontrarse en un punto donde ya nada vuelve a
ser igual.
La Asturias de los años treinta aparece retratada como un
territorio tensado socialmente por la lucha obrera en las cuencas mineras, el
auge del sindicalismo, el choque entre clases y una sociedad que empezaba a
resquebrajarse cuando por segunda vez en su historia, España vuelve a ser una República.
En ese contexto conocemos a Fani y Lina Arnau, dos hermanas criadas en el seno
de una familia acomodada, hijas de un prestigioso imaginero religioso que
simboliza ese orden tradicional que parecía inamovible. Y, sin embargo, todo
empieza a resquebrajarse cuando Fani opta por el camino esperado y se enamora
de un guardia civil andaluz, representante del mantenimiento del orden en un
momento en que ese orden se tambalea. Lina, en cambio, cruza una frontera
invisible al enamorarse de Antón, un joven minero comprometido con la causa
obrera. No es solo un amor apasionado entre personas distintas, sino entre
mundos opuestos.
Uno de los aspectos que más me ha gustado es cómo la autora
construye a sus personajes. Todos tienen dudas, contradicciones y eso los viste
de realidad. Otro aspecto reseñable es el tratamiento del universo femenino. En
ese sentido, la novela ofrece un retrato generacional interesante sobre las
posibilidades y los límites de las mujeres en la década de los treinta. Me ha
gustado especialmente el personaje de Lina, quien representa el impulso y la
convicción.
Sobresaliente es también su trasfondo histórico. Los
escenarios están retratados con la autenticidad suficiente para comprender el
contexto social y político de la época, logrando trasladarte al ambiente
represivo y lleno de incertidumbre en una España convulsa. La novela acierta
también al mostrar la dureza de la vida minera. Hombres que lo tienen todo en
contra, que soportan desgracia tras desgracia mientras mantienen un espíritu de
lucha casi desesperado. Creyeron que la República cambiaría sus vidas y sienten
que la miseria sigue siendo la única recompensa a un trabajo infrahumano.
La prosa es envolvente, con especial sensibilidad para los
detalles cotidianos como una comida tensa, una mirada que lo dice todo, una
discusión apenas contenida. Es en esas escenas íntimas donde la novela alcanza
sus momentos más emotivos, golpeándote. Y sí, hay pasajes que conmueven de
verdad.
En definitiva, una novela de ficción histórica aderezada con
sutiles notas de romanticismo. Una historia de reniegos, rencores y decisiones
difíciles que mantiene el interés de principio a fin. De esas lecturas que se
disfrutan mucho y ponen de relieve que, en tiempos convulsos, amar puede convertirse
en un acto de valentía. Y eso, literariamente, siempre merece la pena.






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